Dios creó a los hombres y mujeres a su imagen (Gn.1:27), como seres sexuales. Pero, debido al pecado en el mundo (Ro. 3:23), el sexo ha sido mal usado y abusado (Ro. 1:24-25).
La pornografía ataca la dignidad de los hombres y mujeres creados a la imagen de Dios. La pornografía también distorsiona el don del sexo de Dios, que sólo debe ser compartido dentro de los límites del matrimonio (1 Co. 7:2-3). La Biblia condena específicamente las prácticas resultantes de la pornografía, como el exhibicionismo (Gn. 9:21-23), el adulterio (Lv. 18:20), la bestialidad (Lv. 18:23), la homosexualidad (Lv. 18:22 y 20:13), el incesto (Lv. 18:6-18) y la prostitución (Dt. 23:17-18). La Biblia advierte también acerca del uso indebido del sexo. Condena el sexo prematrimonial y extramatrimonial (1 Co. 6:13-18; 1 Ts. 4:3). Aun los pensamientos acerca de la inmoralidad sexual (a menudo alimentados por el material pornográfico) son condenados (Mt. 5:27-28).
Por otra parte, los cristianos deben darse cuenta que la pornografía puede tener efectos dañinos considerables en quien la frecuenta. Estos incluyen: una mentalidad de comparación, una sexualidad orientada hacia la actividad prematura, una sensación de que sólo las cosas prohibidas son satisfactorias sexualmente, una culpa creciente, una autoestima disminuida, y un pensamiento obsesivo por el sexo, diríamos una adicción al sexo. Por lo tanto, los cristianos debemos trabajar para mantenernos puros huyendo de la inmoralidad (1 Co. 6:18) y pensando sólo en aquellas cosas que son puras (Fil. 4:8). “Cual es el pensamiento en su corazón, tal es él” (Pr. 23:7).
Sin duda que en momentos nos veremos como el apostol Pablo, haciendo lo que no queremos pero con la ayuda de Dios, saldremos adelante. La pornografía alimenta el deseo sexual en formas anormales y puede llevar, con el tiempo, a más perversión degradante. Por lo tanto, con la ayuda de Dios y echando mano del dominio propio que tenemos por el Espíritu Santo
